Son las seis de la tarde y tengo una hora y media de tiempo libre, en Buenos Aires esta lloviendo con esa típica lluvia fina que hace cambiar el color de la ciudad, a la que de repente le han florecido flores-paraguas de diferentes colores.
Entro en la confitería que tiene nombre de alfajores marplatenses, la elijo porque tiene un salón para fumadores y si bien yo casi no fumo y podría tomar un café sin fumar, ese lugar es muy tranquilo y agradable para escribir, abro mi cuaderno lápiz en mano , deje volar mi imaginación libremente, pero se fue a cualquier lado, llame a mis musas y no me dieron ni la hora, trajeron mi pedido y mi lápiz seguía ahí , inmóvil, ni media idea para empezar tenia, entonces comencé a mirar a mi alrededor; el lugar se presta para una charla tranquila, no tiene el ruido propio de un bar porque nos separa del cuerpo principal una puerta que se mantiene cerrada, y no llega el ruido habitual donde tazas, cucharitas y maquina de café cantan su habitual sinfonía. En el otro extremo la pared y la puerta son de vidrio y muestran el brillo que la lluvia le ha puesto al jardín en semioscuridad, por lo cual el vidrio hace las veces de espejo.
No hay muchas mesas, son pequeñas redondas y están separadas entre sí; en una dos amigas conversan; se cambiaron de lugar desde el otro salón y confundieron a la moza; en otra tres jovencitas conversan se ríen de repente suena una risa y vuelven al murmullo.
El la mesa contigua a la mía hay un hombre y una mujer, en principio me pareció una cita de amores ocultos, aunque después y observándolos me di cuenta que el bastante mas joven, estaba muy inquieto y cambiaba de postura continuamente, la charla era sobre trabajo, (o eso parecia) hablaba mucho, quería quedar bien, ella en cambio casi ni se movió hablaba menos y estaba muy bien plantada era obvio que ella tenía el poder en la situación.
Llega una señora de edad indefinida y su cabello llamo mi atención estaba teñido de un color rojo profundo y se mostraba muy arreglado algo casi imposible con la humedad del ambiente pero ahí estaba con sus rulos en las puntas todo muy en su lugar, instintivamente paso una mano por el mío, y pienso: seguro que esta hecho un desastre.
Entra un anciano al parecer habitué del lugar, pues la moza le dice ¿lo de siempre señor?, el le devuelve una sonrisa y se queda lo suficiente para beber su café y fumar un único cigarrillo que tenia escondido entre sus ropas.
Llega un caballero con un bolso y paraguas, se nota que esta lloviendo mas fuerte, se sienta y sin esperar va a buscar un cenicero abre el bolso y despliega sus armas en la mesa, una notebook y un celular y se mete en ellos por un buen rato después muy ordenadamente guarda todo y se va, tan silencioso y gris como llego.
Tomo mi café antes de que termine enfriándose, y sigue llamándome la atención la mujer de los rizos rojos se nota que espera a alguien, entra una pareja, haciendo mucho ruido visual, e inmediatamente se sientan, cuestiones de trabajo y esta a la vista que quieren convencerla de las bondades del producto para no dejarla pensar o distraerse se sentaron los dos frente a ella, vieja técnica de persuasión. Miro mi reloj y todavía tengo unos minutos, entra un joven vestido de impecable traje oscuro, pide solo café y espera, cinco, diez minutos, hace un llamado telefónico y contrariado se va, su cita no vendrá.
A mi lado una silla vacía me lleva irremediablemente a vos, en lo agradable que seria tenerte aquí y conversar de ¡tantas cosas!
El tiempo parece detenido, ahora somos pocos los que quedamos, y el ruido de la calle no nos llega, la avenida repleta de colectivos, autos y transeúntes, parece no existir
Me entretengo mirando el jardín casi a oscuras y me pierdo en el; no hay flores si muchos brotes pero el invierno no se ha ido aun, solo se nota el cambio de estación en que las hojas están mas verdes y brillantes, cuando comienzo a ver lucecitas de colores entre las hojas verdes que se mueven de aquí para allá decido que ya es hora de irme, mi terapeuta me espera
PAULA DUNCAN
14/09/10 |